Evitar y repetir: un baile de a uno
Cuando no es duda, sino certeza
Muchas veces nos enfrentamos a situaciones que sabemos que no queremos, entonces las evitamos, pero más temprano que tarde, se nos vuelven a presentar. Por lo que nos encargamos de intentar afinar y perfeccionar la evitación, pero aún así, sigue pasando. Parece que existe un saber al que no accedemos que destrabaría todo, pero muchas veces no se trata de saber más. Tampoco es falta de decisión o inseguridad. A veces ocurre algo menos evidente: la persona no está especialmente confundida respecto a lo que podría pasar, sino que tiene la sensación de saberlo con bastante claridad. Antes incluso de que la escena tenga lugar, aparece una certeza que orienta lo que hará.
No es que falte información. Es que parece haber una conclusión ya formada. La situación se anticipa con una nitidez que deja poco espacio para lo imprevisto: “ya sé cómo va a acabar”, “esto siempre termina igual”, “no tiene sentido meterme ahí otra vez”. No se vive como una posibilidad entre otras, sino como algo prácticamente decidido de antemano.
Esa certeza tiene consecuencias. Cuando el final parece ya escrito, la acción pierde valor. No se trata tanto de elegir qué hacer, sino de evitar atravesar un recorrido cuyo desenlace se da por seguro. En ese punto, la evitación no aparece como una dificultad, sino como una forma coherente, incluso razonable, de posicionarse frente a algo que se percibe como repetido.
La escena no empieza cuando ocurre
Sin embargo, si uno se detiene un poco más en esto, empieza a aparecer un matiz distinto. Lo que se evita no es solo una situación concreta, una conversación incómoda, un encuentro tenso, un momento en el que habría que decir algo, sino una escena más amplia que ya está bastante construida antes de que nada suceda.
Esa escena no incluye únicamente al otro, ni se limita a lo que podría pasar externamente. Incluye también el lugar que uno mismo ocuparía ahí. No solo “lo que me van a decir”, sino “cómo voy a quedar yo”: cediendo, explicándome de más, sintiendo que no logro sostener lo que quería decir, o terminando en una posición que ya resulta conocida.
Hay algo de familiar en esa escena. Aunque cambien las personas o el contexto, hay una estructura que se repite. Y es precisamente esa familiaridad la que le da ese carácter de inevitabilidad. No se trata de que todo sea igual, sino de que hay algo suficientemente parecido como para que el desenlace se anticipe con bastante convicción… sin haberla atravesado todavía.
Cuando evitar parece funcionar
Desde ahí, la evitación adquiere un sentido que no conviene pasar por alto. En muchos casos, evitar no se vive como un problema. Al contrario, puede sentirse como algo que, en cierto modo, funciona: si no voy, no me expongo, si no lo digo, no entro en esa dinámica, si me retiro a tiempo, no quedo atrapado en lo de siempre.
Desde esa perspectiva, evitar no es fallar. Es protegerse. Es encontrar una manera de no volver a pasar por algo que ya se conoce y que no se quiere repetir. Y en parte, eso es cierto. La evitación puede cortar una escena antes de que se despliegue del todo. No es una respuesta absurda ni sin lógica, tiene una función, tiene un efecto. Pero al mismo tiempo, no todo queda resuelto ahí.
Lo que no desaparece al evitar
Porque aunque la escena no llegue a ocurrir en la realidad, algo de ella ya se ha jugado antes. En lo que se anticipa, en lo que se da por hecho, en la forma en que uno se retira. Es ahí donde aparece una especie de doble movimiento. Por un lado, se evita quedar atrapado en la situación concreta. Por otro, algo de esa misma lógica sigue operando en otro plano. No necesariamente con la misma intensidad, ni de la misma forma, pero sin desaparecer del todo. La escena no ocurre afuera, pero se despliega en la anticipación. Se arma, se ensaya, se da por cerrada antes de tiempo. En ese sentido, la evitación no interrumpe completamente la repetición: la desplaza, la hace funcionar en otro lugar.
Y por eso, en algunos casos, evitar no termina de aliviar del todo. Puede reducir la incomodidad inmediata, pero no la modifica, y a veces incluso refuerza.
El peso de lo que se da por seguro
Cuando esta forma de anticipación se instala, lo que más pesa no es tanto la situación en sí, sino lo que se da por seguro dentro de ella. Hay elementos que aparecen como inevitables: cómo va a reaccionar el otro, cómo va a terminar la conversación, cómo se va a sentir uno después.
Esa sensación de inevitabilidad no suele ponerse demasiado en cuestión. Se vive más bien como algo evidente, como una conclusión a la que se ha llegado a partir de experiencias previas. Y en parte es así: hay algo de la historia de cada uno que se juega en estas escenas que se repiten.
Pero cuando esa certeza se vuelve demasiado cerrada, deja poco espacio para cualquier variación. Todo queda leído de antemano, incluso lo que todavía no ocurrió. La experiencia se reduce a confirmar lo que ya se esperaba.
No se trata de hacer lo contrario
Frente a esto, es habitual pensar que la salida pasa por hacer lo opuesto: exponerse más, evitar menos, “enfrentar” esas situaciones. Pero este tipo de respuestas, aunque bien intencionadas, suelen quedarse en la superficie de lo que está en juego. Porque no se trata solo de conducta. No es únicamente una cuestión de decidir hacer algo distinto. Cuando la escena ya está armada de antemano, cuando el final se siente decidido, forzarse a actuar de otra manera puede generar más presión que apertura.
Tampoco basta con convencerse de que “esta vez será diferente”. Esa idea puede aparecer como un intento de contrarrestar la certeza anterior, pero muchas veces no logra modificarla de verdad. Si la sensación de fondo sigue siendo que todo ya está escrito, ese tipo de planteamientos quedan sin demasiado efecto.
Por eso, la cuestión no pasa tanto por cambiar lo que se hace de inmediato, sino por empezar a mirar de otra manera cómo se construye eso que parece tan evidente.
Abrir una pregunta donde todo parece cerrado
Quizá el punto no esté en resolver la escena, sino en introducir alguna pregunta en ella. No una pregunta para encontrar rápidamente una respuesta, sino una que permita que algo de esa certeza empiece a moverse.
• ¿Qué es exactamente lo que das por seguro cuando piensas en esa situación?
• ¿Cómo se construye ese final que parece inevitable?
• ¿Qué lugar ocupas tú en esa escena antes de que ocurra?
Estas preguntas no buscan desmentir la experiencia ni decir que “no es así”. Más bien apuntan a ubicar cómo se organiza esa certeza, de qué está hecha, qué elementos la sostienen. Porque incluso las escenas que se sienten más cerradas tienen una estructura, no aparecen de la nada. Se repiten de una determinada manera, con ciertos elementos que vuelven, con ciertas posiciones que se mantienen. Y ahí, en esa forma de repetición, puede empezar a abrirse algo.
Cuando la repetición no está completamente fijada
Incluso en esos casos donde todo parece decidido, no todo está completamente fijado. Hay algo en esa repetición que no termina de cerrarse del todo. A veces aparece en pequeños matices que no encajan completamente con lo anticipado. En detalles que quedan fuera cuando la certeza ocupa todo el espacio. En momentos en los que la escena no se ajusta exactamente a lo que parecía tan claro. No son cambios evidentes ni soluciones inmediatas, pero señalan algo importante: que incluso ahí, donde todo parece ya decidido, hay algo que no está completamente fijado.
Y eso es lo que, en algunos casos, puede empezar a trabajarse cuando encuentra un lugar donde desplegarse de otra manera. No para eliminar la repetición de un día para otro, ni para garantizar un resultado distinto, sino para que algo de eso que hoy parece completamente cerrado empiece, poco a poco, a moverse.
Y ahí, en poder sostener algo de esa pregunta, puede abrirse otra vía más allá de la conocida.


Deja una respuesta