Siento que doy mucho en mis relaciones… y aun así nunca alcanza

Posted by:

|

On:

|

Una sensación que vuelve una y otra vez

Hay relaciones en las que, con el paso del tiempo, empieza a instalarse una sensación difícil de explicar del todo. No siempre tiene que ver con grandes conflictos ni con escenas claramente dramáticas. A veces, desde fuera, incluso puede parecer que la relación funciona razonablemente bien. Hay momentos buenos, hay afecto, hay implicación, hay proyectos compartidos o una conexión que en algunos momentos se siente real. Y, sin embargo, por debajo de todo eso, algo insiste.
Como si nunca terminara de alcanzarse del todo aquello que se espera. No necesariamente porque el otro no haga nada. De hecho, muchas veces el problema es justamente que sí hace cosas. Escucha a veces. Se acerca. Tiene gestos de cariño. Intenta cambiar ciertos comportamientos después de una discusión. Dice cosas que, durante un rato, parecen calmar bastante. Hay momentos en los que uno piensa que quizá ahora sí, que quizá finalmente algo logró ordenarse.
Pero esa tranquilidad suele durar poco.
Al cabo de un tiempo vuelve una sensación conocida. Una distancia difícil de precisar. Una decepción. Una duda que reaparece casi sin motivo aparente. Una necesidad de volver a hablar de algo que parecía ya aclarado. Como si hubiera siempre algo pendiente de resolverse, algo que el otro todavía no termina de comprender, de dar o de registrar.
Y entonces la relación empieza a girar alrededor de eso.
De lo que falta.
De lo que no llega del todo.
De lo que el otro todavía no entiende.
De lo que uno sigue esperando recibir de una manera distinta.

Mientras uno sí está haciendo las cosas

A veces la sensación toma una forma bastante clara: “yo sí estoy haciendo las cosas”. No necesariamente desde una superioridad consciente, sino más bien desde una experiencia muy real de implicación. Uno siente que sí intenta cuidar el vínculo, sí habla, sí pone palabras, sí vuelve después de los conflictos, sí intenta entender al otro incluso cuando está enfadado o decepcionado. Y cuando todo eso no produce el efecto esperado, empieza a aparecer una mezcla muy particular de frustración y cansancio.
Porque la sensación no es simplemente que el otro falle, sino que, haga uno lo que haga, nunca termina de llegar ese punto donde por fin podría dejar de sentir ese malestar.
Incluso cambiando de pareja o de vínculo, algo de la escena vuelve a repetirse. Cambian las formas, cambian las personas, cambian las historias concretas, pero reaparece una sensación parecida: la de estar siempre esperando ese algo más. Más claridad, más prioridad, más demostración, más entrega, más presencia, más certeza. Como si hubiera una especie de promesa afectiva que nunca terminara de cumplirse del todo.

Girando alrededor de algo que se repite

Y cuanto más importante se vuelve obtener eso que falta, más espacio empieza a ocupar dentro de la relación. Las conversaciones giran alrededor de lo mismo. Las discusiones vuelven una y otra vez a ciertos puntos. Uno intenta explicarse mejor, encontrar otra manera de decirlo, hacer que el otro finalmente vea lo que parecía tan evidente desde dentro. A veces incluso aparece la sensación de estar dando demasiadas oportunidades, de sostener demasiado, de insistir más de lo que cualquiera insistiría, pero se sigue… Y, sin embargo, tampoco resulta fácil dejar de hacerlo. Porque no se vive solamente como una exigencia caprichosa. Muchas veces se vive como algo profundamente legítimo. Y hasta en ciertos momentos uno puede sentir que simplemente no está pidiendo tanto. Y justamente ahí es donde la escena se vuelve más compleja. Porque cuanto más gira todo alrededor de eso que el otro todavía no da, más difícil empieza a volverse otra pregunta, una mucho menos evidente. No la pregunta por lo que falta del otro, sino la pregunta por lo que queda constantemente postergado mientras toda la energía está puesta ahí.

Cuando nada termina de alcanzar del todo

A veces esto se ve con claridad en personas que sienten que llevan años intentando obtener de una relación algo que nunca termina de estabilizarse. La tranquilidad dura poco. Cuando aparece una demostración de amor, hace falta otra. Cuando algo se aclara, aparece una nueva duda. Cuando finalmente se consigue algo que parecía muy importante, al poco tiempo vuelve una sensación extraña o de insuficiencia. Y eso puede ser profundamente agotador, porque deja la impresión de que nada alcanza nunca… del todo.
A veces esto produce mucho sufrimiento, porque la persona realmente siente que ama, que se implica y que da muchísimo de sí misma. Y a la vez, también cabe la pregunta de qué es lo que uno da. Y sobre todo, qué es lo que uno espera. Porque en algunos vínculos la expectativa de recibir finalmente del otro aquello que falta empieza a ocupar tanto espacio que la relación termina organizándose casi por completo alrededor de esa espera.
Esperar que el otro cambie.
Esperar que entienda.
Esperar que finalmente responda como uno necesita.
Esperar que un día la relación produzca esa sensación de completitud que hasta ahora nunca termina de sostenerse demasiado tiempo.
Y mientras toda la atención queda capturada ahí, hay algo que va quedando cada vez más desplazado. No porque desaparezca, sino porque queda constantemente absorbido por la demanda dirigida al otro.

La esperanza de que finalmente llegue eso que falta

A veces esto se percibe en frases que aparecen casi con desesperación: “yo siempre estoy para todos”, “nadie me da lo que yo doy”, “parece que tengo que pedir lo mínimo mil veces”. Y aunque esas frases suelen denunciar algo verdadero, también ponen de manifiesto alrededor de qué se construyen los vínculos.
Hay personas que viven esto con mucha intensidad y terminan sintiendo que siempre están decepcionadas de alguien. Como si el otro inevitablemente acabara quedándose corto. Como si nadie terminara de amar de la manera correcta, de entender suficientemente o de estar a la altura de lo que la relación necesitaba.
Y en muchos casos eso convive con una sensación muy fuerte de sacrificio. La impresión de haber dado muchísimo de sí mismo para sostener vínculos que nunca devolvieron lo mismo. De haber luchado por relaciones que el otro no supo valorar correctamente. De haber esperado demasiado tiempo a personas que nunca terminaron de responder.

Lo que sos-tiene

Lo difícil es que, mientras toda la escena queda organizada alrededor de esa extraña sensación, hay algo que persiste de manera latente, esa forma en la que se pueda alcanzar eso que uno pide. Como si todavía quedara abierta la posibilidad de encontrar a alguien o algo capaz de responder exactamente de la manera esperada, alguien que finalmente eliminara esa sensación extraña, incómoda, o de decepción.
Y esa esperanza sostiene muchísimo. Sostiene una situación, un lugar, una posición que desplaza una pregunta que no siempre es fácil de identificar. No tanto la pregunta por “qué me falta”, sino por qué lugar ocupa esa falta dentro de la relación misma. Por qué incluso cuando algo llega, vuelve rápidamente a perder consistencia. Pero… ¿la pierde o no la tiene como imagino?, ¿qué estoy pidiendo con lo que pido?, ¿es lo que no me dan o lo que no pido?.
Quizás estas preguntas no tengan respuesta predefinida ni de antemano, pero si no dejan indiferente, quizás estén pidiendo un espacio para existir.

Cuando la repetición empieza a abrir otra pregunta

Pero cuando esa lógica empieza a repetirse demasiadas veces, cuando la decepción vuelve incluso en relaciones distintas, cuando la sensación de insatisfacción persiste aun después de haber obtenido cosas que parecían fundamentales, quizá empiece a abrirse lentamente otra pregunta.
No una pregunta culpógena ni moral, sino algo más difícil y más íntimo.
La pregunta por qué queda constantemente desplazado mientras toda la atención gira alrededor de lo que el otro no da.
Y a veces ahí puede empezar a aparecer algo distinto.
No necesariamente una respuesta inmediata, ni una solución rápida, ni una forma de dejar de sufrir de un día para otro. Más bien una posibilidad de empezar a escuchar de otra manera esa repetición, esa demanda que nunca termina de satisfacerse del todo, esa necesidad persistente de obtener finalmente del otro algo que parece siempre quedar un poco más allá.
Quizá también haya algo en esa búsqueda incesante de una respuesta que deje de lado respuestas, que más que concluir, sostengan.
Y a veces, cuando eso puede empezar a decirse sin necesidad de resolverlo enseguida, ni de hacerlo perfecto, ni de saberlo de antemano, algo de la repetición empieza lentamente a moverse por otros caminos antes no disponibles.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *